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Pedro Antonio Martín-Cervantes. Universidad de Valladolid
Cuando se nos viene a la mente el término “economía azul”, intuitivamente pensamos en los recursos tradicionalmente relacionados con el mar y el ámbito oceánico; esto es, la pesca y el turismo costero. Sin embargo, el término trasciende bastante más allá, englobando incluso actividades económicas vinculadas a los grandes caudales fluviales de países y zonas que no tienen salida al mar.
Esta nueva modalidad de entender la economía, surgida en 2010 de la mano de G. Pauli, supone un aprovechamiento ecosostenible de los recursos orientado al crecimiento económico y a la mejora de los medios de vida y el empleo, salvaguardando a la vez la salud de los ecosistemas marinos. De esta manera, y de forma consustancial a su desarrollo, han ido apareciendo diversas ramas conceptuales como “empleos azules”, “financiación azul”, “gobernanza azul” o “justicia azul”, solo por citar algunos de los términos que ilustran la enorme multidisciplinariedad de este campo.
Si tenemos en cuenta tanto los datos del Informe de Economía Azul de la UE como los de los indicadores azules europeos, es posible identificar con bastante precisión qué sectores impulsan el empleo en esta economía.
El análisis, que abarca los 27 países de la Unión Europea durante el período 2009–2018, articula la Economía Azul en función de siete grandes dimensiones: los recursos vivos (pesca y acuicultura), los recursos no vivos (extracción marina de minerales), la energía oceánica (renovables marinas), las actividades portuarias, la construcción y reparación naval, el transporte marítimo y el turismo costero.
La variable de referencia empleada no es el volumen absoluto de trabajadores, sino el peso porcentual del empleo azul sobre el empleo total de cada país, lo que permite una comparación más fiel de la importancia real de este sector en cada economía nacional.
Los datos muestran una jerarquía bastante evidente. El turismo costero es, con enorme diferencia, el principal motor de empleo azul en Europa, englobando casi seis de cada diez puestos de trabajo azules (59,2%). A continuación, le siguen los recursos vivos (13,7%), las actividades portuarias (9,9%), el transporte marítimo (9,5%) y la construcción naval (7,0%). En el extremo opuesto, sectores considerados tecnológicamente estratégicos como la energía oceánica apenas representan el 0,1% del empleo azul total.
Esta circunstancia evidencia un matiz bastante significativo. La economía azul europea actual descansa todavía sobre actividades tradicionales e intensivas en mano de obra, mientras los sectores emergentes -esencialmente las renovables marinas y la extracción de minerales del fondo marino- se encuentran aún en fases de crecimiento incipiente.
España se posiciona a la cabeza de los países europeos en actividades turísticas en zonas costeras.
DESIGUALDAD TERRITORIAL
Una de las conclusiones más llamativas del análisis y, por otro lado, evidente, es la enorme brecha territorial existente entre los países con acceso al mar y los carentes de litoral. Mientras los primeros registran un peso medio del empleo azul del 4% sobre su empleo total, los países no costeros -Austria, Hungría, Chequia, Luxemburgo y Eslovaquia- apenas alcanzan un exiguo 0,02%. En estos últimos, la economía azul queda reducida a las actividades ligadas a los grandes cauces fluviales interiores: el Danubio, el Tisza o el Vltava, que sostienen cierta actividad portuaria fluvial, de transporte y construcción naval.
El análisis geográfico habitualmente empleado por las autoridades de la Unión Europea se estructura en torno a las ocho fachadas marítimas europeas, agrupadas a su vez en tres grandes áreas oceánicas. En primer lugar, las aguas del norte, que comprenden el océano Atlántico, el mar del Norte y el mar Báltico. En segundo término, el Mediterráneo, desglosado en cuatro subfachadas: la mediterránea propiamente dicha, el Mediterráneo occidental, el mar Adriático-Jónico y el Mediterráneo oriental. Y, por último, el mar Negro.
Los datos revelan que las tres zonas con mayor concentración de empleo azul (superando cada una el millón de trabajadores) son, respectivamente, el Mediterráneo, el Mediterráneo occidental y el océano Atlántico. Esta concentración no es casual, coinciden con las regiones europeas de mayor tradición turística costera y pesquera.
La evolución temporal del empleo azul presenta además un patrón en forma de “U”: caída entre 2009 y 2011 como consecuencia directa de la crisis financiera de 2008; estabilización hasta aproximadamente 2016, y recuperación posterior en 2017–2018. Este impacto fue especialmente severo en los países mediterráneos líderes (España, Italia y Grecia), cuya estructura productiva azul, en gran medida dependiente del turismo y la pesca, resultó bastante más vulnerable al shock económico.
España ocupa el primer puesto del ránking europeo de economía azul en términos de contribución al PIB azul total de la UE, manteniéndolo de forma prácticamente ininterrumpido durante todo el decenio analizado. Este liderazgo se sustenta en una posición claramente dominante en dos de los sectores más importantes: el turismo costero -donde encabeza el grupo de países líderes junto a Francia, Grecia, Italia y Portugal- y los recursos vivos, en los que lidera la UE en empleo de pesca y acuicultura. A ello se añade una presencia relevante en actividades portuarias, donde figura entre los cinco primeros países europeos junto a Alemania, Francia, Italia y los Países Bajos.
Sea como fuere, el perfil azul español presenta una idiosincrasia propia, derivada de una dualidad estructural en la que conviene profundizar. Mientras el turismo costero actúa como el gran motor de los empleos azules, la pesca y la acuicultura presentan paradójicamente una tendencia decreciente. Su peso actúa como freno relativo al crecimiento del empleo azul en términos agregados, probablemente por el efecto de diversos factores como el cambio climático o las cada vez más restrictivas cuotas pesqueras de la UE.
Respecto al transporte marítimo, España no figura entre los líderes del ránking, posición ocupada por Alemania, Italia, Francia, Países Bajos y Dinamarca. Por otro lado, su presencia en energía oceánica y recursos no vivos es casi nula, sectores en los que solo cuatro países (Bélgica, Países Bajos, Dinamarca y Alemania) han apostado de forma decidida.
Los países nórdicos nos aventajan en energía eólica marina.
ESPECIALIZACIÓN CON RIESGO
La progresiva especialización en turismo y pesca convierte a España en la gran potencia azul europea actual, pero también en una economía marítima muy dependiente de estos sectores y, por tanto, expuesta al cambio climático.
A ello se suma que nuestra flota mercante se encuentra algo infradimensionada respecto a la relevancia económica y portuaria del país. España canaliza el 66,8% de sus exportaciones y el 70,5% de sus importaciones por vía marítima, pero continúa dependiendo en exceso de flotas extranjeras.
La paulatina diversificación hacia los sectores emergentes es la gran asignatura pendiente. española. Mientras países como Dinamarca, Países Bajos o Alemania han consolidado una industria de energía eólica marina de referencia mundial, España cuenta aún con un enorme potencial por desarrollar -especialmente en Canarias, Galicia y el mar de Alborán- para convertirse en un protagonista relevante en este ámbito. El potencial existe. La cuestión es si la coordinación institucional y la inversión pública y privada serán capaces de materializarlo a tiempo.
La Estrategia Marítima 2025–2050 sitúa a España ante una oportunidad histórica de cara a su diversificación azul. En energía oceánica, Canarias, Galicia y el mar de Alborán han sido identificadas como zonas prioritarias para el despliegue de eólica marina flotante. Así, Gran Canaria se perfila como el primer territorio nacional en albergar un parque eólico marino flotante, con una potencia prevista de entre 220 y 250 megavatios, actualmente en fase inicial de desarrollo.
El archipiélago canario reúne además en un solo territorio las tres dimensiones estratégicas de la economía azul del futuro: energía, logística y biotecnología marina.
El eje con el Magreb es una oportunidad y un reto. Los puertos andaluces han actuado históricamente de cabeza de puente hacia África y el tráfico bilateral España-Marruecos crece tanto en transporte de pasajeros como de mercancías. Puertos como Almería o Motril ilustran bien este potencial. La integración de este corredor en la red transeuropea TEN-T, a través del eje ferroviario Algeciras-Zaragoza-Amberes, puede reafirmar a España como nodo logístico de referencia en el Atlántico medio.
En definitiva, somos la gran potencia de la economía azul en Europa, pero nuestra especialización descansa en sectores maduros. La transición hacia sectores emergentes -energía oceánica, minerales marinos, biotecnología azul- no es una opción, sino una necesidad estratégica si queremos seguir manteniendo este liderazgo en las próximas décadas.