Mascarones666 - Revista Mar
El origen de la arrogancia a proa de los buques
Mascarones o figurones
22/04/2026
Más Mar
Historia
Raúl Villa Caro (*)

El hombre, a través de los siglos, siempre ha sentido gran admiración por conocer la historia de lo que ha sido realizado por sus antepasados, y entre estos hechos se puede destacar la invención del “mascarón o figurón”. Este elemento podía representar a una figura humana, un dios o un ser fantástico. Se colocaba como adorno en lo alto del tajamar de las embarcaciones, luciendo un aspecto de cierta arrogancia, que pudiera pretender simular que ese elemento quisiera lanzarse de un salto a la mar.
Los mascarones se tallaban generalmente con maderas finas, de poco peso, intentando que fueran poco sensibles a la humedad, para evitar la putrefacción. Pero la escasez de este tipo de maderas contribuyó a la reducción del tamaño de los mascarones, con su posterior eliminación en las nuevas construcciones. Los figurones inicialmente se pintaban y se doraban, aunque posteriormente también se barnizaron, y como base se utilizaban los colores azul y verde. Los mascarones, a partir del romanticismo, ya no se doraban. Se pintaban de blanco o del color marrón claro que fue tan propio de los palos y vergas, desapareciendo a partir aproximadamente del 1915, año en que comenzaron a pintarse de gris.
La postura arrogante de los mascarones de proa formada por un cuerpo rígido y una cabeza erguida obedecía a la necesidad de adaptar la silueta del figurón a las formas del buque, y así de esta forma poder mantener la armonía de las líneas.
El tajamar de los navíos del siglo XVIII, curvados hacia dentro, llevaba el mascarón casi vertical. Posteriormente se fueron curvando en contra, con su concavidad al mar e inclinándose el mascarón hacia éste, apareciendo el eje principal ya casi paralelo al botalón.
A mediados del siglo XIX, con excepción de las fragatas de hierro de espolón, cuyas formas de proa se diferenciaron franca y rotundamente de los mercantes, comenzó posiblemente el origen de esa fisonomía, cada vez más distinta, de los buques comerciales y de guerra. Inicialmente la curvatura se conseguía al levantar la cabeza y proyectar hacia atrás el ropaje de cintura para abajo. Cuando apareció el casco de hierro, el tajamar se incrustó en el mascarón. La postura violenta del cuerpo erguido hacia atrás, como necesaria para la esbeltez del conjunto, se dulcificaba a veces con la actitud de los brazos, uno de los cuales, casi siempre iba al pecho, como conteniendo un latido. Pero a veces, uno de los brazos se levantaba, en prolongación del cuerpo, con la mirada arrogante.
Durante muchos años, las popas, adornos, formas y líneas podían indicar la nacionalidad y aún más, casi hasta la localidad donde se había construido un buque. Pero el mascarón de proa nos podía revelar algo mucho más íntimo de los moradores de esa nave: sus creencias y su religión.
Estas esculturas que remataban los tajamares adornando las proas de los buques, fueron durante siglos un símbolo representativo de las embarcaciones, destacando por encima incluso del nombre del buque, como sello distintivo. Representaban todas aquellas cosas existentes en la vida de la mar, supersticiones, creencias religiosas, miedos, virtudes, sufrimientos y alegrías, grandeza y miseria. Es por ello por lo que están rodeadas de un cierto misterio y halo poético. Cada figura guarda una historia diferente: temporales, batallas, viajes extraordinarios, infortunios, aventuras e incluso un naufragio como capítulo final de su vida. El problema de la conservación de los figurones ha radicado en el ambiente en el que han vivido, que ha supuesto cantidad de rociones de agua salada, el ardor del sol, considerables diferencias de temperaturas, y en resumen, inclemencias meteorológicas, sumadas a los balances y cabezadas que iban destruyendo la madera.
Tal y como a menudo ocurre en otras ramas de la historia, no se conoce un origen exacto de los mascarones. Las representaciones navales más antiguas que se conocen revelan toda la presencia de elementos decorativos en las embarcaciones primitivas. El dibujo más antiguo controlado está en un vaso egipcio de aproximadamente 4000 años a. de C., y en el cual aparece la reproducción de un velero. En él se observa como remate de su elevada popa una figura que representa un pájaro, mientras que en los dibujos parecen verse imágenes simbólicas de cabezas de toro.
En principio tuvo origen pagano, encaramándose a proa como amuleto protector y tabú para los enemigos, símbolo de raza o tribu. Con muchas connotaciones que, con el correr de los tiempos, se convirtieron en religiosas o políticas y por supuesto, artísticas.
Los mascarones de proa de los buques más antiguos representaban los dioses del mar o de la guerra, o figuras de animales puestas en la proa para preservar al buque y a su tripulación. Comprender esto era recordar que la mar representaba para ellos el fin de todas las cosas, el límite del pequeño mundo conocido, y para adentrarse en él, debían encomendarse a todos los seres divinos y sagrados.
Los fenicios considerados los descubridores de la navegación, guardaron celosamente sus secretos. No obstante, se sabe a través de unas piedras halladas en Sidón, que las proas de sus naves ostentaban la cabeza de un animal de aspecto ambiguo y largo cuello, como el de los cisnes o caballos.
Los barcos recibían el nombre de la zona donde eran construidos, así por ejemplo llamaban Semena a la nave de Samos, y Parona a la que era de Paros. También era común darle el nombre de algún animal amigo o el de alguna divinidad protectora.
Llegamos hasta los egipcios, pueblo que, con su afán de poseer una tumba fastuosa, para llegar en buenas condiciones a la otra vida, nos han dejado un gran legado histórico.
En la India y Ceilán, en el momento de la botadura, el barco se consagraba o ponía bajo la advocación de una diosa (Amman, Ramaswami, Lakschmi) y en la proa siempre aparecía esta divinidad tallada primorosamente, en la mayoría de los casos, en la voluta de proa.
En China sin embargo la parte más noble o sagrada era la popa, por tanto, se daba más importancia a la decoración de esta parte de la nave. En las cortes imperiales de Indochina las embarcaciones llevaban tallas de gran calidad artística y eran policromadas y doradas con profusión.
En las costas de Bali se utilizaban pequeñas piraguas con la talla en la proa de la cabeza del pez elefante Makara y en ocasiones la cabeza de un cocodrilo.
Posteriormente apareció el galeón que, al ser perfeccionado, se convirtió en el primer buque de la Edad Moderna. Tanto el galeón como el navío de las primeras épocas, puede afirmarse que carecían de mascarón apreciable. Y, sobre la proa seguían levantando un castillete desde el cuál disparaban, durante las batallas, los infantes y marineros.
A partir de este momento, comenzaron a surgir con toda arrogancia los mascarones de proa. Esto ocurría en el siglo XVII. Al principio no había una moda definida y duradera por cuanto se ponían como mascarones monstruos y animales como los que vemos en las gárgolas y capiteles de los templos y monasterios medievales. Pronto en otra serie de países (incluyendo entre ellos España) empezaron a construirse navíos con mascarones semejantes a los extranjeros.
Naturalmente cada país puso en sus mascarones parte de su cultura como suele ocurrir en estos casos, y así en España como existía mucha tradición de bautizar los buques con nombres de santos, se construyeron muchos mascarones que eran las correspondientes imágenes del patrón del buque, costumbre antigua, pero con la particularidad de que hasta entonces la imagen se solía pintar o tallar en el espejo de popa.
No tardaron en aparecer nombres paganos, especialmente en el extranjero, incluso hubo algunos que fueron motivo de verdadero escándalo, pues por lo común, el mascarón era la representación plástica del nombre de la respectiva nave. Así los holandeses botaron una fragata con el nombre de “El Diablo de Delfos”, tallando en la proa de este un mascarón apropiado.
En los buques mercantes comienza el auge del verdadero mascarón moderno, a partir del reinado de Carlos II.
➡️Leer más en el número 666 del mes de abril de la revista Mar.
Arte náutico
Los mascarones se tallaban generalmente con maderas finas, de poco peso, intentando que fueran poco sensibles a la humedad, para evitar la putrefacción. Pero la escasez de este tipo de maderas contribuyó a la reducción del tamaño de los mascarones, con su posterior eliminación en las nuevas construcciones. Los figurones inicialmente se pintaban y se doraban, aunque posteriormente también se barnizaron, y como base se utilizaban los colores azul y verde. Los mascarones, a partir del romanticismo, ya no se doraban. Se pintaban de blanco o del color marrón claro que fue tan propio de los palos y vergas, desapareciendo a partir aproximadamente del 1915, año en que comenzaron a pintarse de gris.La postura arrogante de los mascarones de proa formada por un cuerpo rígido y una cabeza erguida obedecía a la necesidad de adaptar la silueta del figurón a las formas del buque, y así de esta forma poder mantener la armonía de las líneas.
La curvatura
El tajamar de los navíos del siglo XVIII, curvados hacia dentro, llevaba el mascarón casi vertical. Posteriormente se fueron curvando en contra, con su concavidad al mar e inclinándose el mascarón hacia éste, apareciendo el eje principal ya casi paralelo al botalón. A mediados del siglo XIX, con excepción de las fragatas de hierro de espolón, cuyas formas de proa se diferenciaron franca y rotundamente de los mercantes, comenzó posiblemente el origen de esa fisonomía, cada vez más distinta, de los buques comerciales y de guerra. Inicialmente la curvatura se conseguía al levantar la cabeza y proyectar hacia atrás el ropaje de cintura para abajo. Cuando apareció el casco de hierro, el tajamar se incrustó en el mascarón. La postura violenta del cuerpo erguido hacia atrás, como necesaria para la esbeltez del conjunto, se dulcificaba a veces con la actitud de los brazos, uno de los cuales, casi siempre iba al pecho, como conteniendo un latido. Pero a veces, uno de los brazos se levantaba, en prolongación del cuerpo, con la mirada arrogante.
Superstición marinera
Durante muchos años, las popas, adornos, formas y líneas podían indicar la nacionalidad y aún más, casi hasta la localidad donde se había construido un buque. Pero el mascarón de proa nos podía revelar algo mucho más íntimo de los moradores de esa nave: sus creencias y su religión.Estas esculturas que remataban los tajamares adornando las proas de los buques, fueron durante siglos un símbolo representativo de las embarcaciones, destacando por encima incluso del nombre del buque, como sello distintivo. Representaban todas aquellas cosas existentes en la vida de la mar, supersticiones, creencias religiosas, miedos, virtudes, sufrimientos y alegrías, grandeza y miseria. Es por ello por lo que están rodeadas de un cierto misterio y halo poético. Cada figura guarda una historia diferente: temporales, batallas, viajes extraordinarios, infortunios, aventuras e incluso un naufragio como capítulo final de su vida. El problema de la conservación de los figurones ha radicado en el ambiente en el que han vivido, que ha supuesto cantidad de rociones de agua salada, el ardor del sol, considerables diferencias de temperaturas, y en resumen, inclemencias meteorológicas, sumadas a los balances y cabezadas que iban destruyendo la madera.
Embarcaciones primitivas
Tal y como a menudo ocurre en otras ramas de la historia, no se conoce un origen exacto de los mascarones. Las representaciones navales más antiguas que se conocen revelan toda la presencia de elementos decorativos en las embarcaciones primitivas. El dibujo más antiguo controlado está en un vaso egipcio de aproximadamente 4000 años a. de C., y en el cual aparece la reproducción de un velero. En él se observa como remate de su elevada popa una figura que representa un pájaro, mientras que en los dibujos parecen verse imágenes simbólicas de cabezas de toro.En principio tuvo origen pagano, encaramándose a proa como amuleto protector y tabú para los enemigos, símbolo de raza o tribu. Con muchas connotaciones que, con el correr de los tiempos, se convirtieron en religiosas o políticas y por supuesto, artísticas.
Los mascarones de proa de los buques más antiguos representaban los dioses del mar o de la guerra, o figuras de animales puestas en la proa para preservar al buque y a su tripulación. Comprender esto era recordar que la mar representaba para ellos el fin de todas las cosas, el límite del pequeño mundo conocido, y para adentrarse en él, debían encomendarse a todos los seres divinos y sagrados.
Los fenicios considerados los descubridores de la navegación, guardaron celosamente sus secretos. No obstante, se sabe a través de unas piedras halladas en Sidón, que las proas de sus naves ostentaban la cabeza de un animal de aspecto ambiguo y largo cuello, como el de los cisnes o caballos.
Los barcos recibían el nombre de la zona donde eran construidos, así por ejemplo llamaban Semena a la nave de Samos, y Parona a la que era de Paros. También era común darle el nombre de algún animal amigo o el de alguna divinidad protectora.
Llegamos hasta los egipcios, pueblo que, con su afán de poseer una tumba fastuosa, para llegar en buenas condiciones a la otra vida, nos han dejado un gran legado histórico.
Nacimiento del Mascarón
En la India y Ceilán, en el momento de la botadura, el barco se consagraba o ponía bajo la advocación de una diosa (Amman, Ramaswami, Lakschmi) y en la proa siempre aparecía esta divinidad tallada primorosamente, en la mayoría de los casos, en la voluta de proa.En China sin embargo la parte más noble o sagrada era la popa, por tanto, se daba más importancia a la decoración de esta parte de la nave. En las cortes imperiales de Indochina las embarcaciones llevaban tallas de gran calidad artística y eran policromadas y doradas con profusión.
En las costas de Bali se utilizaban pequeñas piraguas con la talla en la proa de la cabeza del pez elefante Makara y en ocasiones la cabeza de un cocodrilo.
Posteriormente apareció el galeón que, al ser perfeccionado, se convirtió en el primer buque de la Edad Moderna. Tanto el galeón como el navío de las primeras épocas, puede afirmarse que carecían de mascarón apreciable. Y, sobre la proa seguían levantando un castillete desde el cuál disparaban, durante las batallas, los infantes y marineros.
A partir de este momento, comenzaron a surgir con toda arrogancia los mascarones de proa. Esto ocurría en el siglo XVII. Al principio no había una moda definida y duradera por cuanto se ponían como mascarones monstruos y animales como los que vemos en las gárgolas y capiteles de los templos y monasterios medievales. Pronto en otra serie de países (incluyendo entre ellos España) empezaron a construirse navíos con mascarones semejantes a los extranjeros.
Naturalmente cada país puso en sus mascarones parte de su cultura como suele ocurrir en estos casos, y así en España como existía mucha tradición de bautizar los buques con nombres de santos, se construyeron muchos mascarones que eran las correspondientes imágenes del patrón del buque, costumbre antigua, pero con la particularidad de que hasta entonces la imagen se solía pintar o tallar en el espejo de popa.
No tardaron en aparecer nombres paganos, especialmente en el extranjero, incluso hubo algunos que fueron motivo de verdadero escándalo, pues por lo común, el mascarón era la representación plástica del nombre de la respectiva nave. Así los holandeses botaron una fragata con el nombre de “El Diablo de Delfos”, tallando en la proa de este un mascarón apropiado.
En los buques mercantes comienza el auge del verdadero mascarón moderno, a partir del reinado de Carlos II.
➡️Leer más en el número 666 del mes de abril de la revista Mar.
Raúl Villa Caro
Doctor Ingeniero Naval y Oceánico. Secretario general de la Fundación Exponav
