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Incendios forestales como los que hemos vivido este verano en España no solo queman el monte. Cenizas, humo y sedimentos pueden recorrer cientos de kilómetros hasta alcanzar el océano. Allí actúan a la vez como fertilizante y como contaminante, con efectos que van desde floraciones de fitoplancton a la falta de oxígeno o daño en las larvas de especies costeras.
El incendio termina cuando se apaga la última llama, pero sus efectos continúan aguas abajo. La frontera entre la tierra y el mar desaparece. Una perturbación forestal se convierte en un episodio de presión sobre rías, estuarios, lagunas y plataforma. Ese trasvase tiene desde 2024 un marco propio: la “Ecología del fuego en sistemas marinos”, propuesta por los ecólogos Rodrigo Riera (ULPGC) y Juli G. Pausas (CIDE-CSIC) en Trends in Ecology & Evolution.
Según el trabajo de estos científicos, las cenizas y sedimentos que causan los incendios en el monte llegan al mar por dos vías. La atmosférica, capaz de depositar aerosoles a gran distancia del foco, y la terrestre, que concentra el impacto cerca de la costa; sobre todo, durante las primeras lluvias intensas tras el fuego. Esto es, cuando la pérdida de vegetación y el rechazo temporal del agua por los suelos quemados aceleran la escorrentía.
La composición del material depende de la vegetación, del suelo y de lo que haya ardido, pero también de la severidad del fuego. Los incendios más intensos dejan cenizas claras, con elementos más concentrados y químicamente más agresivas que las negras de los fuegos suaves. No existe, por tanto, una respuesta marina única: importan la dosis, la estación y el estado previo del ecosistema.
«En las cenizas encontramos los elementos que ya estaban en la vegetación y en el suelo, pero mucho más concentrados, porque la combustión libera a la atmósfera buena parte del carbono, el oxígeno y el hidrógeno», explica Cristina Santín, investigadora del CSIC en el Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (IMIB). «Cuando además arden viviendas, vehículos o naves industriales, la composición cambia sustancialmente. Aparecen concentraciones mucho mayores de metales pesados y contaminantes potencialmente muy peligrosos, como el amianto», asegura.
EFECTOS DE DOBLE FILO
En aguas pobres en nutrientes, parte de ese aporte puede estimular el fitoplancton, base de la red trófica marina. El caso más conocido se observó tras los incendios australianos de 2019-2020 cuando aerosoles ricos en hierro alcanzaron aguas del océano Austral, donde ese elemento limita el crecimiento, y satélites y flotadores detectaron floraciones anómalas que llegaron a cubrir una superficie mayor que la propia Australia.
«La llegada de humo y aerosoles puede fertilizar una zona del océano y aumentar su productividad. Con ese incremento del fitoplancton se puede llegar a fijar gran parte del CO2 emitido por el propio fuego: el balance de emisiones podría llegar a ser cero y, además, el carbono pasa del medio terrestre a fijarse en el fondo marino», explica Juli G. Pausas, ecólogo del CIDE-CSIC y coautor del estudio. «Estos procesos no están en los modelos globales de carbono», dice.
Más fitoplancton no equivale a más carbono almacenado: solo la fracción que se hunde y queda aislada cuenta. La fertilización también puede desequilibrar la comunidad. Por ejemplo, si domina una especie tóxica, si la biomasa se descompone de forma masiva o si el agua intercambia poco con el exterior, el resultado puede ser una floración nociva y una caída del oxígeno. Los incendios de Indonesia de 1997 se relacionaron con mareas rojas prolongadas y daños en corales a lo largo de cientos de kilómetros.
En nuestro país, los científicos analizaron las consecuencias del incendio que afectó a la ría de Vigo en 2017. En incubaciones de agua superficial la respuesta fue mayor en verano, con nutrientes naturalmente bajos: aumentaron la clorofila y la abundancia bacteriana y cambió la composición del bacterioplancton. Entre los grupos favorecidos apareció Vibrio, género que incluye especies oportunistas y potencialmente patógenas, aunque el experimento no demuestra por sí solo riesgo sanitario en la ría.
ESTADO DEL AGUA
El efecto depende, por tanto, del estado inicial del agua: en invierno, tras episodios de escorrentía que ya habían elevado los nutrientes, las mismas adiciones provocaron cambios menores. Un estudio de 2026 en el Mediterráneo noroccidental llegó a una conclusión parecida.
La investigación avanza hacia la repercusión en animales de interés ecológico y comercial. Así, se ha analizado el desarrollo temprano del erizo Paracentrotus lividus, habitual del Mediterráneo, expuesto a extractos de ceniza. El resultado de la investigación demuestra que la fecundación no se reduce en la especie, pero se observaron retrasos, alteraciones morfológicas y señales de estrés en las larvas, más acusadas a mayor concentración. Y un estudio de 2025 halló en el berberecho común Cerastoderma edule cambios bioquímicos, como la reducción de ciertos ácidos grasos, tras 96 horas de exposición a concentraciones ambientalmente relevantes. Son resultados de laboratorio, pero abren una vía para bancos marisqueros y cultivos en cuencas propensas al fuego.
El daño no es solo químico. Una carga elevada de partículas en suspensión cubre hábitats, obstruye estructuras filtradoras -Incluidas las branquias de los peces- y resta luz a macroalgas y fanerógamas. Huevos, larvas y juveniles son más sensibles: un episodio breve puede manifestarse después como menor reclutamiento.
Faltan series de campo que traduzcan estos mecanismos en pérdidas pesqueras cuantificadas, pero la ausencia de cifras no significa ausencia de riesgo. Las zonas más expuestas combinan cuencas quemadas, pendientes acusadas, lluvias intensas, escasa renovación del agua y actividades dependientes de la calidad ambiental: marisqueo, bateas, viveros, pesca artesanal y áreas de cría.
Una floración nociva puede obligar a cerrar temporalmente zonas de extracción; la hipoxia desplaza peces y castiga al bentos; los contaminantes pueden incorporarse a partículas o tejidos. Hay además efectos operativos: turbidez en las tomas de agua, análisis extraordinarios y desconfianza del mercado.
ATENCIÓN A LA LLUVIA
La respuesta más eficaz empieza antes de que el agua oscurezca la costa. Tras un gran incendio en el litoral conviene identificar barrancos y ríos de salida, muestrear las aguas antes de las lluvias y activar un seguimiento de turbidez, oxígeno, clorofila, nutrientes, metales, microorganismos y toxinas, combinando satélite, boyas y observación del sector.
La coordinación debe unir gestión forestal, protección civil, autoridades del agua, organismos científicos, administraciones pesqueras y productores. Y un incendio urbano o industrial obliga a ampliar el catálogo de contaminantes analizados.
El mar puede diluir, transformar e incluso enterrar parte del carbono del fuego. Entre un 10 y un 15% del carbono afectado por un incendio no se libera a la atmósfera: se transforma en carbono pirogénico, más resistente a la degradación, y una fracción acaba en sedimentos marinos, donde la escasa actividad microbiana puede conservarlo siglos o milenios.
«El carbono que los incendios convierten cada año en carbono pirogénico equivale a alrededor del 3% del que emitimos por la quema de combustibles fósiles», señala Santín. «Sabemos que ese mecanismo de almacenamiento existe, pero conocemos mucho peor qué proporción llega al océano y cuánto tiempo permanece allí. Es una cuestión que gana relevancia cuando los incendios aumentan en tantas regiones del mundo».
«Los incendios existen desde hace millones de años; la dinámica que generan en el medio marino es parte del sistema, y muy poca gente la está considerando», advierte Pausas. Cómo cambia el agua tras un fuego y si los sedimentos guardan memoria de incendios pasados son las preguntas de la disciplina que él y Riera propusieron cartografiar.
PLUMA DE SEDIMENTOS Es la acumulación y dispersión de tierra, cenizas y lodo en los cuerpos de agua producida por las primeras lluvias tras un incendio. Cuando llueve, el agua no se infiltra y corre por las laderas a gran velocidad arrastrando toneladas de ceniza, tierra fértil y restos que, al desembocar en ríos, lagos o el mar, se desplazan con la corriente. El lodo tóxico consume el oxígeno del agua y puede provocar la muerte masiva de peces y flora marina.