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El calentamiento del Mediterráneo está cambiando algo más que sus ecosistemas. Las olas de calor marinas alteran hábitats, desplazan especies y modifican sus ciclos biológicos, pero sus efectos alcanzan también a las capturas, los cultivos marinos y las economías que dependen de ellos. Ante un mar sometido a temperaturas cada vez más elevadas, ciencia, pesca y acuicultura afrontan el desafío de comprender el cambio y anticiparse a sus consecuencias.
La estacionalidad térmica es un rasgo distintivo del Mediterráneo. Sin embargo, durante las últimas décadas, las olas de calor marinas se han vuelto más recurrentes y la temperatura de las aguas ha aumentado de forma sostenida.
Al examinar los datos de 2025, la temperatura media anual en superficie alcanzó los 21,35ºC, la segunda más elevada de la serie Copernicus -con registros desde 1982-, solo por detrás de los 21,50 ºC registrados en 2024. Respecto al periodo 1991-2020, el valor se situó 1,03ºC por encima.
La recurrencia de los episodios extremos refuerza esta tendencia. Desde 2022, toda la superficie del Mediterráneo ha experimentado al menos una ola de calor marina por año y, en 2025, el 51% de la cuenca alcanzó en algún momento condiciones severas.
Estas anomalías afectan a la distribución y estabilidad de múltiples especies vinculadas a la economía azul del litoral español. Se trata de un contexto preocupante tanto para la biodiversidad como para quienes dependen de la pesca y la acuicultura en el Mediterráneo.
CORALES Y POSIDONIA
La persistencia de temperaturas excepcionalmente altas afecta al metabolismo, el crecimiento y la reproducción de corales, gorgonias, esponjas y otros habitantes de los fondos marinos, que han sufrido episodios de mortalidad inusual durante las últimas olas de calor marinas.
Tras episodios de calor extremo, investigaciones del Institut de Ciències del Mar (ICM-CSIC) han documentado pérdidas de hasta el 93% en la biomasa del coral rojo. Quince años después de la ola de calor de 2003, una parte significativa de las poblaciones estudiadas seguía sin recuperarse y podía considerarse prácticamente extinguida desde el punto de vista funcional.
Muchas de estas especies son longevas y presentan un crecimiento lento, por lo que su capacidad de recuperación es limitada. Joaquim Garrabou, investigador del ICM-CSIC, ha señalado que el diámetro del coral rojo apenas crece alrededor de un cuarto de milímetro al año. Por ello, recuperar colonias de dimensiones comparables a las existentes antes de una gran perturbación puede requerir entre sesenta y cien años.
La Posidonia oceánica -endémica del Mediterráneo y excelente bioindicadora del estado de sus aguas- también se encuentra sometida a la presión térmica. Sus praderas son refugio y zona de cría para multitud de especies, además de constituir una barrera natural frente a la erosión de las costas. En el litoral europeo mediterráneo ocupan unos 19.000 km².
Aunque iniciativas legales como el Real Decreto 191/2026, de 11 de marzo, buscan reforzar su protección, el aumento de la temperatura del Mediterráneo pone en peligro este tesoro natural, capaz de almacenar grandes cantidades de carbono y contribuir así a la mitigación del cambio climático.
El calentamiento del mar también modifica la distribución de las especies. Los programas de seguimiento han registrado en las costas españolas la expansión hacia el norte de organismos típicos de aguas más cálidas y alteraciones en sus ciclos biológicos.
Un estudio liderado por el ICM-CSIC y el centro científico y tecnológico AZTI, especializado en investigación marina y alimentaria, ha comprobado los efectos del cambio térmico en las lonjas. Tras analizar dos décadas de capturas en la costa catalana, encontró un aumento relativo de las especies vinculadas a aguas cálidas y un retroceso de las asociadas a entornos más fríos.
Durante este periodo, el calentamiento del Mediterráneo se situó entre 0,3ºC y 0,8ºC por década, con anomalías puntuales de hasta 2,5ºC respecto a la media histórica.
Marta Coll, investigadora del ICM-CSIC, incide en la necesidad de anticiparse a las consecuencias mediante una gestión destinada a proteger las especies más vulnerables. Una estrategia necesaria para preservar tanto la biodiversidad como los ingresos derivados de la actividad pesquera, amenazada por olas de calor marinas que, durante la última década, afectaron a más del 60% del Mediterráneo occidental.
La sustitución de especies adaptadas a aguas frías por otras más termófilas puede modificar la composición de las capturas y su valor económico, lo que exige replantear calendarios y zonas de pesca, especialmente cuando se trata de poblaciones cuyo ciclo vital está ligado a la temperatura.
ACUICULTURA
La acuicultura también deberá adaptarse. El calentamiento del Mediterráneo plantea desafíos específicos para la actividad acuícola. Por su confinamiento en estructuras de cultivo, los peces criados en jaulas marinas no pueden desplazarse libremente en busca de aguas más frías. A medida que aumenta la temperatura, cambia su metabolismo, se elevan sus necesidades fisiológicas y disminuye la capacidad del agua para contener oxígeno disuelto.
El artículo «Marine heatwaves in the western Mediterranean: Considerations for coastal aquaculture adaptation», publicado en 2024 en Aquaculture por investigadores de la Universidad de Alicante y la Universidad Miguel Hernández, de Elche, constató incrementos de temperatura de hasta 0,75ºC por década en algunas de las zonas estudiadas durante los últimos 40 años. Las olas de calor marinas se hicieron tres veces más frecuentes y su duración aumentó cerca de un 50% respecto a los años ochenta. Además, durante el excepcional verano de 2022 se registraron anomalías de hasta 4,2ºC que persistieron durante toda la estación.
El mismo trabajo detectó que la profundidad a la que se superan determinados umbrales térmicos relacionados con el bienestar de los peces aumenta a un ritmo de 4,3 metros por década. Además, esos umbrales se alcanzan entre cinco y seis días antes por década. En este contexto, los autores plantean, entre otras posibles medidas de adaptación, el uso de jaulas capaces de situarse, durante los períodos más críticos, a unos 20 metros de profundidad para la dorada y 15 para la lubina.
En el delta del Ebro, el calentamiento de las aguas se ha convertido en un grave problema para el mejillón mediterráneo. Las temperaturas elevadas y la menor disponibilidad de oxígeno durante los episodios de calor extremo pueden favorecer importantes mortalidades cuando el agua permanece por encima de determinados umbrales durante largo tiempo.
En 2022 se perdieron más de 150.000 kilos de mejillón comercial y alrededor de un millón de ejemplares de cría. En 2025, el sector estimó mortalidades de entre el 80% y el 90% de la cría almacenada en la bahía del Fangar, después de que el agua alcanzara los 31ºC en varias jornadas.
Este año, el sector ha estimado pérdidas de alrededor de 500 toneladas de mejillón comercial, con un impacto económico entre 1,2 y 1,5 millones de euros.
ADAPTARSE AL CAMBIO
Diversos estudios, bioindicadores y episodios observados apuntan en la misma dirección: el Mediterráneo atraviesa una transformación térmica que altera sus ecosistemas, la distribución de las especies y las actividades económicas vinculadas al mar.
La adaptación exigirá mejorar los sistemas de seguimiento, incorporar la información climática a la gestión pesquera, proteger los hábitats que aumentan la resiliencia de los ecosistemas y preparar la acuicultura para afrontar olas de calor marinas cada vez más intensas.
El cambio ya puede observarse en los corales, las praderas de posidonia, la composición de las capturas y las condiciones térmicas que afrontan especies tan emblemáticas como el atún rojo o el mejillón mediterráneo.
Ahora, el gran reto consiste en anticipar cuánto y a qué velocidad seguirá transformándose el Mediterráneo. De esa capacidad dependerá que la ciencia, la conservación, la pesca y la acuicultura puedan adaptarse a un mar que, aun en transformación, conserve su enorme riqueza natural y económica.