Se han neutralizado más de 600 explosivos
Los Tedax del mar
22/03/2026

Más Mar

Historia

Mª Luisa Atares
buzos artificieros de la Armada en acción
En el fondo marino descansan restos explosivos de antiguas batallas que aún representan peligro: granadas, morteros, minas de orinque, proyectiles de la Guerra Civil o bombas de aviación. En España, el mar esconde artefactos que siguen despertando a veces en playas, puertos o redes de pesca. Cuatro unidades de buceadores de la Armada –menos de cien personas- se encargan de localizar, retirar y neutralizar en nuestras costas artefactos que en ocasiones llevan más de 80 años dormidos. Se trata de profesionales que aúnan técnica, vocación y memoria sumergida.

Cuando suena el teléfono en el Centro de Operaciones y Vigilancia de Acción Marítima (COVAM), como ocurrió el 14 de enero de este año, no suele haber margen para preguntas largas. Al otro lado de la línea alguien describe, con más o menos precisión, un objeto extraño avistado en el fondo del mar: una pieza metálica cubierta de óxido, una forma cilíndrica, algo sospechoso que no estaba allí antes. Puede haberlo visto un pescador al virar el arte de pesca, un buceador recreativo durante una inmersión tranquila o un bañista tras un temporal. A partir de ese momento, la maquinaria se pone en marcha.

Para los miembros de las Unidades de Buceadores de Medidas Contraminas (UBMCM) de la Armada española ese aviso marca el inicio de una intervención que mezcla técnica, experiencia y una relación muy directa con el riesgo. Son ellos, auténticos artificieros del mar, quienes descienden cuando el océano devuelve restos explosivos del pasado. Y son ellos quienes hacen posible que el resto de la población pueda seguir faenando, navegando o bañándose con seguridad y normalidad.

Desde 2006, estos profesionales han neutralizado más de 600 artefactos explosivos en aguas y litoral españoles. Granadas, proyectiles, bombas de aviación, minas y munición de distintos conflictos siguen apareciendo de forma periódica. Detrás de cada intervención hay personas concretas, profesionales con nombre, entrenamiento y una rutina que empieza muchas veces de forma inesperada.
 

UN LEGADO SILENCIOSO

Para entender cómo se enfrenta España a este silencioso legado bélico, viajamos al norte, a la Unidad de Buceo de Ferrol, donde el Capitán de Corbeta Pablo Eisman dirige a 18 hombres y mujeres que, cada día, conviven con la posibilidad de bajar a 10, 20 ó 50 metros para desactivar un artefacto del que no conocen su estado real ni la estabilidad química. La mayoría de las operaciones no salen en los medios. No hay imágenes espectaculares ni grandes explosiones. A menudo, el trabajo termina antes de que el público llegue a saber que hubo un riesgo.

Así ocurrió en una playa del levante peninsular a comienzos de este año. El hallazgo de una granada antigua obligó a cerrar el arenal durante unas horas. El submarinista que lo avistó lo puso en conocimiento de las autoridades. Cada vez que esto ocurre se activa un protocolo preciso en el que intervienen Salvamento Marítimo, Guardia Civil y, finalmente, los buzos de la Armada. Son estos últimos quienes asumen la parte más delicada del trabajo: descender, identificar y neutralizar el artefacto para que pescadores, marineros y bañistas puedan continuar su vida y su actividad con seguridad. 

Siguiendo el protocolo, el aviso llegó a la Unidad de Buceo de la Armada, con base en Cartagena. En cuestión de minutos, el equipo de desactivación de explosivos (EDE) estaba preparado y listo para desplazarse a la zona y llevar a cabo la neutralización “in situ” mediante el empleo de cargas especiales. La operación terminó como terminan la mayoría: sin heridos, sin daños, sin titulares espectaculares. El artefacto fue neutralizado bajo el agua mediante una detonación controlada. La playa volvió a abrirse. El mar recuperó su calma.

El capitán de corbeta Pablo Eisman, jefe de la Unidad de Buceo de Ferrol, explica cómo se organiza una salida de este tipo: “El engranaje funciona como un reloj. Cada miembro del equipo conoce su función y en muy poco tiempo estamos listos para salir hacia la zona. Normalmente acudimos seis personas: tres buzos especialistas en desactivación, dos apoyos y un enfermero. Todo está muy medido”.

No hay improvisación. Cada miembro del equipo conoce su papel. Mientras unos revisan el material, otros estudian la información disponible sobre el objeto y el entorno. El objetivo es siempre el mismo: neutralizar el artefacto con el menor riesgo posible.


CUATRO UNIDADES, MISMO COMPROMISO

La Armada española cuenta con cuatro unidades de buceo de la Armada, repartidas estratégicamente para cubrir todo el litoral y los archipiélagos. Son unidades pequeñas en número, pero con muy alta especialización y disponibilidad permanente.

La Unidad de Buceadores de Medidas Contra Minas (UBMCM), con base en Cartagena, es el núcleo técnico de referencia. Creada en 1982, está especializada en la detección, identificación y neutralización de explosivos submarinos. Sus equipos intervienen en el Mediterráneo y Baleares. También participan en misiones internacionales.

La Unidad de Buceo de Cádiz cubre el litoral andaluz, Ceuta y Melilla. Es una de las más activas del país debido a la intensa actividad marítima, pesquera y portuaria de la zona. En 2024 realizó 34 intervenciones relacionadas con artefactos explosivos, una cifra que da idea de la carga de trabajo.
La Unidad de Buceo de Ferrol es responsable de Galicia y el Cantábrico. Con 18 especialistas, cubre más de 800 kilómetros de costa. Además de neutralizar explosivos, estos buzos realizan trabajos de mantenimiento de buques, inspecciones subacuáticas, rescates y apoyo a la flota.

La Unidad de Buceo de Canarias completa el dispositivo en el archipiélago. Aunque las intervenciones por explosivos son menos frecuentes, las condiciones del entorno –profundidad, corrientes, fondos volcánicos– añaden complejidad técnica.
Todas ellas trabajan en coordinación con Salvamento Marítimo, Guardia Civil, autoridades portuarias y, cuando es necesario, con las comunidades autónomas.
En 2024 y 2025, estas unidades realizaron decenas de intervenciones relacionadas con artefactos explosivos. En Cádiz, por ejemplo, se llevaron a cabo 34 actuaciones en 2024. En el Mediterráneo, la actividad se incrementó notablemente en 2025. Cada una de ellas implicó horas de silencioso trabajo bajo el agua.
 

EL BUZO QUE BAJA PRIMERO

Hay un momento en cada operación que concentra la máxima tensión. Es cuando un solo buzo desciende hasta el artefacto para evaluarlo de cerca y preparar la neutralización. Ese buzo trabaja con visibilidad limitada, con el sonido de su propia respiración y con la conciencia clara de lo que tiene delante.

Ese primer descenso se hace en silencio. La comunicación es mínima. El buzo observa, identifica y confirma. El estado del metal, la presencia de espoletas, la estabilidad del objeto. Cada detalle cuenta.
 
buzo en el mar con barco sobre su cuerpo
El descenso del primer buzo y su contacto con el artefacto implica máxima tensión.
El capitán de corbeta Pablo Eisman, jefe de la Unidad de Buceo de Ferrol, conoce bien ese momento: “Tensión hay, claro. Es inevitable. Pero miedo no. El miedo paraliza y aquí no puede paralizarte nada. Estamos muy entrenados y todo está muy estudiado”.

Recuerda especialmente una intervención en la que algo no salió como estaba previsto. La carga colocada para neutralizar el explosivo no detonó en el tiempo programado. “Cuando algo falla tienes que volver a bajar a un sitio que ya está preparado para dar fuego y que no ha funcionado.
Ese segundo descenso es el más exigente mentalmente, lo que más tensa
”. Volvió a bajar. Retiró la mecha. Ajustó el sistema. La segunda vez funcionó. El artefacto quedó neutralizado. Son decisiones que se toman bajo el agua, pero que se apoyan en años de formación y experiencia.

Ser buzo militar no es solo una especialidad técnica. Es una forma de entender el mar y el trabajo en equipo. Quienes acceden a estas unidades lo hacen tras un proceso exigente, tanto físico como psicológico. La selección es dura y la formación, larga. No basta con saber bucear. Hay que aprender a hacerlo en condiciones extremas, con visibilidad reducida, corrientes cambiantes, frío, fatiga y, en ocasiones, con un explosivo antiguo a pocos centímetros de las manos.

El buceo militar exige mucha cabeza”, apunta Eisman. “No todo es fuerza o resistencia. Hay que saber parar, pensar y decidir bien”. Y añade, “la formación nunca termina. Los equipos se entrenan de forma constante en simulacros, nuevos procedimientos y tecnologías. Cada intervención real sirve, además, como aprendizaje colectivo”.
 

UN LEGADO BAJO EL AGUA

Muchos de los explosivos que hoy aparecen en el mar proceden de la Guerra Civil española. Otros corresponden a la II Guerra Mundial y a munición retirada del servicio durante las décadas posteriores a ambos conflictos. En algunos casos, ese material fue arrojado al mar en zonas profundas; en otros, acabó sumergido de forma accidental. “El mar no es estático”, explican desde la Armada. “Las corrientes y los temporales mueven los fondos y sacan a la superficie cosas que llevaban años enterradas”.

Uno de los conceptos menos conocidos en España –pero esencial para entender parte de los hallazgos modernos– es el de los antiguos “cementerios de armamento”. Lugares donde distintos países, también España, depositaron durante décadas material explosivo obsoleto. Eisman lo detalla: “Existían cementerios de explosivos. Están en las cartas náuticas. Se hacían a más de 1.000 metros de profundidad, en sitios recónditos. Nunca cerca de costa. Son sitios seguros.” No se han usado en décadas. No se prevé moverlos, hacerlo sería una operación más peligrosa que mantenerlos aislados donde están. Pero el mar es dinámico, y los temporales pueden desplazar objetos menores desde áreas cercanas. Por eso cada hallazgo tiene historia. Y cada intervención es una excavación del pasado.

Un episodio muy conocido ocurrió en Barcelona en 2019, cuando un proyectil de grandes dimensiones apareció a pocos metros de la playa de Sant Sebastià. La zona fue desalojada en pleno verano. El artefacto fue retirado y neutralizado sin incidentes. Desde entonces, casos similares se repiten de forma periódica en distintos puntos del litoral español, desde el Cantábrico hasta el Mediterráneo y las islas.

Fuentes del Ministerio de Defensa subrayan que la mayor parte de los artefactos localizados no proceden de acciones bélicas navales, sino de conflictos librados en tierra o de munición retirada del servicio tras la guerra. Parte de ese material fue arrojado deliberadamente al mar en décadas posteriores; otro quedó sumergido por azar, arrastrado por riadas, temporales o movimientos de sedimentos.
 

PROTEGER A LOS PESCADORES

Para pescadores, mariscadores y buceadores profesionales, la aparición de un artefacto explosivo no es solo una noticia, es una interrupción directa de su trabajo y, en algunos casos, un riesgo grave. Por eso, la coordinación con Salvamento Marítimo, la Guardia Civil, cofradías de pescadores y autoridades portuarias es esencial. La rapidez en la actuación permite reducir cierres de zonas de pesca y minimizar el impacto económico.

La Armada insiste en un mensaje claro, especialmente dirigido a quienes trabajan en el mar: no tocar, no mover y avisar. “Manipular un explosivo, por deteriorado que parezca, puede tener consecuencias indeseadas”, apunta Eisman.
 

IMPACTO AMBIENTAL MENOR

Neutralizar un explosivo bajo el agua exige también cuidar el entorno marino. Las técnicas han evolucionado mucho en las últimas décadas. Hoy, las detonaciones controladas buscan provocar una deflagración mínima, suficiente para inutilizar el explosivo sin liberar toda su energía.
Para ello, antes de la intervención principal, los equipos realizan pequeñas detonaciones con el fin de ahuyentar a la fauna marina. El objetivo es reducir al máximo el impacto ambiental, algo especialmente importante en zonas protegidas o de alto valor ecológico.

Tras cada intervención se retiran los restos para analizarlos. “Queremos ver qué efecto ha generado lo que habíamos planeado. Si nos hemos pasado de energía, si la carga estaba demasiado cerca… De ahí aprendemos todos”.
 

TRABAJO INVISIBLE

La tecnología ayuda, pero no sustituye al factor humano. La mayoría de los ciudadanos, las personas que se bañan o pasean por una playa o faenan en el mar, nunca verán a estos buzos trabajar. No sabrán que una playa estuvo cerrada durante horas ni que un explosivo fue neutralizado a pocos metros de donde luego se bañó. “Eso es buena señal”, explican desde la Armada. “significa que la operativa se ha hecho bien”. Es un trabajo discreto, exigente. En muchos casos, poco conocido, pero es esencial para la seguridad marítima y para la tranquilidad de quienes viven del mar. “Queremos que la población esté tranquila”, resume Eisman. “Si aparece algo, simplemente, se actúa”.
 

DATOS RELEVANTES

* Más de 600 artefactos explosivos han sido neutralizados por los buzos de la Armada Española desde 2006, especialmente en el Mediterráneo y la bahía de Cádiz.
* Los objetos encontrados incluyen granadas, morteros, minas de orinque, bombas de aviación y munición moderna.
* Las zonas más afectadas son las costas catalanas, Baleares, la bahía de Cádiz, el cabo de Creus y los golfos de León y Roses.

➡️Ver más en el número 665 de la Revista Mar

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