Niebla mental - Revista Mar
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Niebla mental
19/02/2026
ISM
Sanidad marítima
Raúl Elías Pérez Guisado (*)

Se habla mucho de los riesgos físicos del mar: el frío, las maniobras peligrosas, la faena dura. Pero hay otro riesgo, más sigiloso, que se cuela entre la rutina y el aislamiento: el desgaste de la salud mental.
La salud mental es un tema que a menudo queda anclado en el puerto, por tabú o por desconocimiento, pero afecta a la seguridad de toda la tripulación y a la calidad de vida de cada uno. Abordarlo no es signo de debilidad, es una muestra de fortaleza y de buen hacer profesional.
La vida en el mar moldea carácter. Exige resistencia, coraje y una dosis grande de estoicismo. Sin embargo, ese mismo entorno que forja personas tan especiales puede, a la larga, pesar como una losa sobre los hombros. El aislamiento prolongado, la lejanía de la familia, los ciclos de sueño alterados, la presión por la captura o por cumplir plazos, y la monotonía entrecortada por momentos de alta tensión, son factores que dejan huella. No en los brazos o en la espalda, sino en la mente.
No se trata de volverse loco. Se trata de un desgaste lento. Es la irritabilidad que crece sin motivo aparente, el mal humor que se instala como un pasajero indeseado. Es la dificultad para concentrarse en una tarea, lo cual, a bordo, puede suponer un peligro real. Es el sueño que no repara, las noches dando vueltas en el camastro mientras el barco se mece. Es la apatía, la pérdida de interés por la partida de cartas o la conversación en el comedor que antes eran un alivio. Son síntomas de que la carga emocional está llegando a su límite.
¿Qué se puede hacer entonces? No existen soluciones mágicas, pero sí herramientas que ayudan a capear el temporal interior.
La comunicación, aunque sea difícil, es el primer cable a tierra. Hablar, simplemente hablar. No hace falta hacer un drama. Un “hoy ando con la cabeza en otra parte” o “esta travesía se me está haciendo larga” abre una puerta. Escuchar al compañero sin juzgar, ofreciendo solo un oído atento, puede ser un alivio enorme para él. A veces, el simple hecho de verbalizar el malestar le resta poder.
Mantener rutinas positivas es un ancla. Intentar respetar los horarios de comida y sueño todo lo que permita el trabajo. Dedicar, aunque sean quince minutos del descanso a algo que distraiga de verdad: leer, escuchar música, un hobby manual. El ejercicio físico, aunque sea en un espacio reducido, libera tensiones y ayuda a dormir mejor.
La conexión con tierra, hoy en día, es más fácil. Aprovechar las llamadas o los mensajes para mantener el vínculo con la familia es vital. No solo para contar problemas, sino para sentirse parte de la vida allí, para tener un recordatorio de por quién se hace el esfuerzo.
Reconocer el problema cuando se sale del cauce. Sentirse permanentemente abrumado, tener pensamientos oscuros recurrentes, o notar que el alcohol se convierte en la única válvula de escape, son señales de alarma que requieren de atención profesional. Buscar ayuda al regreso a puerto, hablar con el médico o con un especialista, es el paso más sensato y valiente que puede darse. Las empresas armadoras y los sindicatos cada vez tienen más presentes estos recursos; informarse sobre ellos es un derecho.
El mar es un lugar de trabajo implacable, pero no tiene por qué ser un lugar deshumanizante. La fortaleza del marinero no se mide solo por su resistencia al frío o al cansancio físico. La auténtica fortaleza incluye la inteligencia de reconocer cuando la mente necesita un mantenimiento, un cuidado. Porque un tripulante entero, por dentro y por fuera, es la mayor garantía para una travesía segura y un regreso a casa en las mejores condiciones. La próxima vez que sientas esa niebla en la mente, recuerda: atenderla no es bajar la guardia. Es reforzar la cubierta más importante: la propia.
*Raúl Elías Pérez Guisado, médico de Sanidad Marítima
➡ Leer más en el número 664 del mes de febrero de la Revista Mar
La salud mental es un tema que a menudo queda anclado en el puerto, por tabú o por desconocimiento, pero afecta a la seguridad de toda la tripulación y a la calidad de vida de cada uno. Abordarlo no es signo de debilidad, es una muestra de fortaleza y de buen hacer profesional.
La vida en el mar moldea carácter. Exige resistencia, coraje y una dosis grande de estoicismo. Sin embargo, ese mismo entorno que forja personas tan especiales puede, a la larga, pesar como una losa sobre los hombros. El aislamiento prolongado, la lejanía de la familia, los ciclos de sueño alterados, la presión por la captura o por cumplir plazos, y la monotonía entrecortada por momentos de alta tensión, son factores que dejan huella. No en los brazos o en la espalda, sino en la mente.
No se trata de volverse loco. Se trata de un desgaste lento. Es la irritabilidad que crece sin motivo aparente, el mal humor que se instala como un pasajero indeseado. Es la dificultad para concentrarse en una tarea, lo cual, a bordo, puede suponer un peligro real. Es el sueño que no repara, las noches dando vueltas en el camastro mientras el barco se mece. Es la apatía, la pérdida de interés por la partida de cartas o la conversación en el comedor que antes eran un alivio. Son síntomas de que la carga emocional está llegando a su límite.
Atención a las señales
Ignorar estas señales es como hacerlo con una vía de agua pequeña. Al principio no parece grave, pero si no se ataja, puede comprometer la integridad del barco. Un tripulante con la mente nublada por la ansiedad o la tristeza profunda es más propenso a sufrir un accidente, a tomar una decisión errónea en un momento crucial o a caer enfermo. La salud mental es, por tanto, un asunto de seguridad colectiva. Cuidar el estado de ánimo propio y el de los compañeros no es solo una cuestión personal; es una responsabilidad profesional.¿Qué se puede hacer entonces? No existen soluciones mágicas, pero sí herramientas que ayudan a capear el temporal interior.
La comunicación, aunque sea difícil, es el primer cable a tierra. Hablar, simplemente hablar. No hace falta hacer un drama. Un “hoy ando con la cabeza en otra parte” o “esta travesía se me está haciendo larga” abre una puerta. Escuchar al compañero sin juzgar, ofreciendo solo un oído atento, puede ser un alivio enorme para él. A veces, el simple hecho de verbalizar el malestar le resta poder.
Mantener rutinas positivas es un ancla. Intentar respetar los horarios de comida y sueño todo lo que permita el trabajo. Dedicar, aunque sean quince minutos del descanso a algo que distraiga de verdad: leer, escuchar música, un hobby manual. El ejercicio físico, aunque sea en un espacio reducido, libera tensiones y ayuda a dormir mejor.
La conexión con tierra, hoy en día, es más fácil. Aprovechar las llamadas o los mensajes para mantener el vínculo con la familia es vital. No solo para contar problemas, sino para sentirse parte de la vida allí, para tener un recordatorio de por quién se hace el esfuerzo.
Reconocer el problema cuando se sale del cauce. Sentirse permanentemente abrumado, tener pensamientos oscuros recurrentes, o notar que el alcohol se convierte en la única válvula de escape, son señales de alarma que requieren de atención profesional. Buscar ayuda al regreso a puerto, hablar con el médico o con un especialista, es el paso más sensato y valiente que puede darse. Las empresas armadoras y los sindicatos cada vez tienen más presentes estos recursos; informarse sobre ellos es un derecho.
Humanizar el mar
El mar es un lugar de trabajo implacable, pero no tiene por qué ser un lugar deshumanizante. La fortaleza del marinero no se mide solo por su resistencia al frío o al cansancio físico. La auténtica fortaleza incluye la inteligencia de reconocer cuando la mente necesita un mantenimiento, un cuidado. Porque un tripulante entero, por dentro y por fuera, es la mayor garantía para una travesía segura y un regreso a casa en las mejores condiciones. La próxima vez que sientas esa niebla en la mente, recuerda: atenderla no es bajar la guardia. Es reforzar la cubierta más importante: la propia. *Raúl Elías Pérez Guisado, médico de Sanidad Marítima
➡ Leer más en el número 664 del mes de febrero de la Revista Mar
