Salud mental
La importancia de la gestión del miedo
19/02/2026

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ISM al día

Montserrat Martínez de Mingo (*)
salud mental
El miedo es un gran aliado, ya que nos pone en alerta ante cualquier peligro. Pero la complejidad del manejo de esta emoción radica en que no siempre somos capaces de distinguir cuándo ese miedo es real o imaginario, o si nuestra mente lo está sobredimensionando. Por eso, la gestión del miedo no sólo es crucial ante situaciones adversas, también es imprescindible para el crecimiento personal y profesional.  Vamos a ver, de forma práctica, cómo llevarla a cabo de una manera eficiente.


Una valiosa emoción

Gracias al miedo, el ser humano ha podido sobrevivir como especie. Aparece ante cualquier peligro o situación de riesgo de forma instintiva, sin poder evitarlo.

Sin embargo, vivimos en una sociedad en la que, en muchas ocasiones, se confunden los conceptos asociados con esta emoción, mostrándonos su parte más negativa, minimizando la positiva y favoreciendo la negación. El problema no está en sentir miedo, la cuestión está en cómo lo gestionamos. 

Siempre supone un aviso: es el “mensajero”. Y cuando “matamos al mensajero”, es cuando realmente corremos más peligro, cuando somos más vulnerables, porque no estamos afrontando la situación, ni buscando soluciones.

Es importante ser conscientes de que, cuando percibimos una amenaza, además del instinto de supervivencia, influyen otros aspectos tales como la forma en que hemos vivido experiencias anteriores (miedos aprendidos, fobias, etc.) y las creencias procedentes de nuestra educación, así como del entorno en el que vivimos.  Por eso, ante una situación de peligro, cada uno de nosotros puede comportarse de una forma distinta.  

Diferenciar a qué tipo de miedo nos enfrentamos será el primer paso para su buena gestión. 

Podemos distinguir dos tipologías:
 
  • Miedo Adaptativo: Cuando la respuesta es proporcional al peligro, supone la existencia de un riesgo real, desde un punto de vista totalmente objetivo. Por ejemplo, sentir miedo al encontrarnos ante una persona armada y con actitud amenazante. 
  • Miedo Patológico: Cuando la respuesta no es proporcional al peligro, es irracional y llega a condicionar nuestros comportamientos y decisiones. 
Repasemos algunos de los más habituales.


Fobias

Se trata de un temor intenso e irracional a animales, personas, cosas, etc., que en realidad no suponen un peligro, pero que generan ansiedad (las fobias también se consideran un tipo de trastorno de la ansiedad). Las más comunes son: aracnofobia, agorafobia, claustrofobia, etc. Y en relación con el mar, encontramos la talasofobia, que se refiere al temor al mar abierto.

El origen de las fobias suele localizarse en experiencias pasadas traumáticas o en la sugestión (por ejemplo, algunos especialistas sugieren que la película “Tiburón” de Steven Spielberg, generó muchos casos de talasofobia).

A bordo, es habitual observar algunos casos de “Ociofobia” (fobia a estar ocioso). Suele iniciarse cuando hay algo que nos duele mucho al pensar en ello y, en lugar de resolverlo, preferimos tener la mente “ocupada” con cualquier otra cosa. No siempre es fácil resolver los problemas personales cuando estamos navegando, por eso nuestra mente puede intentar desviar la atención. 

Es posible que, en algún momento, hayas experimentado este tipo de situaciones y seguro que identificas a personas que sienten habitualmente esta necesidad, incluso la de hacer varias cosas a la vez. Obviamente, esto genera estrés en la persona que la padece, pero también en su entorno, ya que se
acabará transmitiendo, llegando a ocasionar problemas de convivencia, justamente en los momentos de descanso y desconexión. 

Por todo lo anterior es muy importante no normalizar este tipo de situaciones y actuar a tiempo porque, a la larga, suelen ser necesarios los tratamientos psicoterapéuticos.   


Miedos aprendidos

Las experiencias vividas, desde luego, nos sirven de aprendizaje. Pero cuando hemos sentido miedo en una determinada situación, ante una persona, o en un lugar, nuestro cerebro lo va a asociar (de forma inconsciente) con esta emoción y la activará de inmediato cuando nos enfrentemos a circunstancias similares. 

Es decir, los miedos aprendidos son el resultado del aprendizaje social, para el que nuestro cerebro está programado. Pero cuando no se han “archivado” (o interpretado) correctamente las experiencias vividas, dicho proceso puede volverse en contra: activando esta emoción, aunque la situación no suponga ningún peligro para nosotros.

Por ejemplo, si hemos tenido un conflicto con un miembro de la tripulación (de forma puntual), lo hemos pasado realmente mal, incluso hemos sentido miedo a perder nuestro trabajo (o a que nos perjudicase a nivel profesional), es muy posible que, ante un nuevo conflicto con ese mismo compañero, o con cualquier otro, reaccionemos de forma desmedida o que huyamos del conflicto sin afrontarlo, ni solucionarlo. Es decir, puede llevarnos a poner más foco en el temor del pasado que en el riesgo del presente y a no asumir responsabilidades. Algo que, de verdad, puede perjudicarnos.

Por eso, identificar este tipo de temores injustificados es fundamental, para evitar que lleguen a decidir por nosotros y acaben dominando nuestros comportamientos.


Algunas creencias

A todos nos resuenan frases como “Seguro que así, te vas a caer”, “No te fíes de nadie”, “Nunca arriesgues, tú siempre a lo seguro”… Desde luego nuestros padres o educadores nos transmitieron este tipo de mensajes con la intención de protegernos, para que fuésemos prudentes y así las fuimos interiorizando. Pero si este proceso se hizo de una forma radical, llevándolo al extremo, mucho más allá de la prudencia, se activará siempre algún temor. Un claro ejemplo lo encontramos cuando en las sesiones de terapia observamos cómo algunos padres han traslado sus miedos, mal gestionados, a sus hijos.

Es entonces cuando el individuo percibe el mundo, el entorno, a sus compañeros, incluso a la propia organización, como un peligro y una amenaza continua. Y después del miedo, se acabará desatando el enfado y la queja continua.

Esto supone la necesidad de revisar ese tipo de creencias, para discernir su grado de irracionalidad y tomar conciencia de cómo están condicionando nuestras vidas, nuestra salud mental y el clima laboral que generamos.

 

Otros temores

Pero, además, existen otros temores en los que también cuesta identificar hasta qué punto son racionales o no, reales o imaginarios. Y también se generan de forma cotidiana. 

Vamos a analizar los más comunes, los que más suelen condicionar nuestra actitud y nuestros comportamientos, con el objetivo de poder identificarlos y gestionarlos de una forma saludable.
 

A perder el estatus

Está relacionado con el temor a perder logros profesionales y es normal que aparezca en algún momento de nuestra vida. Entonces hay dos alternativas a elegir: centrarnos en la percepción de peligro constante, que nos llevará a “hacer lo que sea necesario, a cualquier precio” para evitarlo. Este camino nos llevará a la inseguridad y a la ansiedad. Debemos centrarnos en aquello en lo que podemos influir y en lo que es realmente importante para nosotros (incluidos valores y principios), para poder luchar por ello desde el esfuerzo y la mejora continua. Al final de este camino encontraremos la recompensa de la reafirmación y la elevación de la autoestima.


A fracasar ante uno mismo o ante los demás 

Aparece ante cualquier tarea, reto o cambio, para que estemos en alerta y seamos prudentes. Pero si interpretamos de forma incorrecta este mensaje, podemos llegar a tomar acciones incorrectas. Suelen aparecer dos tipos de comportamientos bien diferenciados:  Hacer sobreesfuerzos para evitar el fracaso, priorizándolo por encima de otras tareas que son realmente más importantes, pero que en ese momento la persona no es capaz de relativizar.  Evitar enfrentarse a la situación, buscando excusas, justificándose,  prefiriendo no hacer, ni siquiera el esfuerzo de intentarlo (precisamente por miedo a fracasar). Este temor tiene más peso en su mente que cualquier beneficio imaginable. Para gestionarlo de forma adecuada es muy importante revisar la autoestima. Además, focalizar la autoexigencia hacia la mejora continua y no hacia el perfeccionismo o hacia lo que puedan pensar los demás de nosotros.


A parecer débil y/o ser dominado

En muchas ocasiones confundimos “ser fuerte” con “parecer fuerte”. Dos conceptos bien distintos porque ser fuerte significa tener la humildad suficiente para reconocer equivocaciones errores y aprender de ellos, pedir perdón, etc. Detrás de este temor siempre estará una cierta inseguridad que nos llevará a todo lo contrario: comportamientos prepotentes, buscar excusas o justificaciones ante los errores cometidos, a no aceptar la autoridad o jerarquía… Algo realmente agotador. 

Para liberarte de este tipo de situaciones, céntrate en tus potenciales y trabaja en desarrollar tus áreas de mejora. Fortalece tu autoestima y ya no será necesario “parecer fuerte”, porque ya lo serás.

A la incertidumbre (necesidad de control)

La necesidad de certeza en el ser humano también es un mecanismo de protección, pero mal utilizado, suele derivar en ansiedad, especialmente cuando nos enfrentamos a un cambio. Pero también puede aparecer de forma cotidiana (sin que se produzcan cambios), cuando la persona “necesita controlarlo todo”. Para gestionar bien este temor es fundamental identificar hasta dónde tenemos capacidad de influir o de tener cierto control (círculo de influencia) y centrar aquí nuestros esfuerzos. Y lo más complicado: aceptar todo aquello que está fuera de nuestro alcance y que por mucho que nos preocupemos o esforcemos, no tendrá ninguna utilidad.


Al conflicto

La persona que está sintiendo este temor se sentirá incómodo ante un conflicto y suele huir para evitarlo, sacrificar el poder expresar sus opiniones, “castigar” con desprecios o indiferencia o “estallar” de una forma desmedida. Para afrontar esta emoción es necesario mejorar la conexión con uno mismo (para poder poner límites, cuando sea necesario), aprender técnicas de gestión emocional y de comunicación asertiva. Después de este repaso por el universo del miedo, podemos concluir que es fundamental una buena gestión de esta emoción si no queremos que condicione nuestras vidas. Depende de cada uno de nosotros “encadenarnos” o “liberarnos”. Desde luego será necesario hacer un esfuerzo, pero ¿acaso no vale la pena? 

¿A qué le tienes miedo?

Los principales tipos de miedo incluyen:
 
  1. Fobias: Temores intensos e irracionales a objetos o situaciones que generan ansiedad y que pueden requerir tratamiento.

  2. Miedos aprendidos: Asociaciones inconscientes de experiencias pasadas que llevan a reacciones exageradas en situaciones similares.

  3. Creencias educativas: Ideas inculcadas que pueden derivar en percepciones constantes de amenaza, creando un entorno negativo.

Otros miedos comunes y su gestión recomendada son:

  1. Miedo a perder el estatus: Se recomienda enfocarse en lo que se puede influir y en valores personales.

  2. Miedo al fracaso: La clave está en dirigir la autoexigencia hacia la mejora continua sin preocuparse excesivamente por la opinión de los demás.

  3. Miedo a parecer débil o ser dominado: Fortalecer la autoestima y trabajar en el desarrollo.

  4. Miedo a la incertidumbre: Se recomienda centrar la energía en las áreas que se pueden influir y aceptar lo que está fuera de control.

  5. Miedo al conflicto: Es útil trabajar en el autoconocimiento y en habilidades de comunicación asertiva. 

Montserrat Martínez de Mingo.

Profesora asociada de la Universidad Camilo José Cela.

➡️ Leer más en el número 664 del mes de marzo de la revista Mar. 

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