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Cuando recorremos las calles de Burela dos cosas llaman la atención: las referencias continuas al mar pintadas en los muros y paredes de la localidad y las personas de diferentes razas con las que te cruzas por el camino. Son extranjeros que un día llegaron para trabajar y echaron raíces en esta tierra acogedora, ejemplo de integración social, donde el término “afrogallego” es toda una realidad.
Si John Lennon escribiera de nuevo la canción “Imagine” probablemente cerraría los ojos para fijarse e inspirarse en Burela. En esta pequeña localidad de la marina lucense los colores de la piel de sus habitantes se funden en una única tonalidad y las personas conviven sin renunciar a sus orígenes y tradiciones, participando activamente en los eventos organizados por el municipio. Así, en las fiestas patronales no es extraño ver a jóvenes de color ataviados con trajes típicos, bailar muñeiras, tocar la gaita o hablar gallego.
El fútbol también une. En los equipos escolares los jugadores son blancos, negros, marrones, amarillos y todos defienden la camiseta del colegio con pasión. Hace escasas semanas, el comienzo del Mundial enfrentó a las selecciones de España y Cabo Verde, dividiendo el corazón de los burelenses. La mitad iba con España, la otra mitad con Cabo Verde. Por eso, quizás, el empate fue el resultado más equitativo y la localidad, modelo de integración social, tolerancia y multiculturalidad, ganó el encuentro. Y es que en esta localidad de tan solo 10.082 habitantes, 1.897 (el 18% del total) son extranjeros. Casi la mitad proceden de Cabo Verde. Pero también de Indonesia, Senegal, Portugal, Perú y otros países. Un total de 50 nacionalidades conviven en este pequeño territorio donde no existen torres de Babel, ni colores diferentes y sí respeto por los orígenes, las culturas, las religiones y las tradiciones de distintos lugares del planeta.
El fenómeno de la migración no es nuevo. “Hace cuatro décadas, la creación de Alcoa ofreció oportunidades de trabajo en tierra a los pescadores españoles y es cuando empezaron a llegar caboverdianos. Hoy conviven con senegaleses, indonesios y peruanos”, explica la alcaldesa de Burela, Carmela López.
“La mayoría de la población migrante que llega al municipio es masculina. Los caboverdianos y los peruanos suelen traer a la familia; los indonesios, y los senegaleses no”, afirma la edil. Es una migración regulada que llega con contratos de trabajo firmados en origen, “los indonesios suelen venir con barco asignado, los caboverdianos cada vez más porque, como son tantos, unos llaman a los otros. Y los armadores van cogiendo a personas de confianza para que el patrón entable buena relación con ellos”.
La tolerancia es innata en el pueblo. “Cuando era pequeña no veías parejas mixtas, ya que no se aceptaba del todo. Hoy en día es diferente. Los jóvenes no se esconden y se emparejan. Todo está normalizado en las familias, en los institutos, en las calles. Este es el mejor síntoma de integración. A mí esto me da esperanza real y me hace sentir que lo estamos haciendo bien. Es algo muy interesante. En el municipio tenemos desde hace muchos años una concejalía de inmigración. No es lo habitual y menos que, en un lugar tan pequeño, haya alguien encargado de la documentación, de los agrupamientos, de esa primera acogida. Tenemos programas subvencionados por el Estado y por la Xunta para poder integrarles en la comunidad, que conozcan el idioma. Trabajamos mucho en ello. Quizás, el mayor reto que nos queda es que las distintas nacionalidades se mezclen más entre sí. Todavía cada grupo tiene su espacio. Hay como cierta costumbre de que los locales sean de unos o de otros”, comenta la alcaldesa de Burela. Carmela López, alcaldesa de Burela posa en el puerto pesquero de la localidad.
MERLUZA Y BONITO
Si por algo se conoce a la localidad es por la excelencia de los productos del mar que llegan a su lonja: la merluza, con denominación de origen, durante todo el año, y el bonito en las costeras del verano. En Burela comercializan hasta 300 embarcaciones procedentes de todo el litoral cantábrico. “La pesca es el motor por el que Burela creció. Los mayores dicen que Burela se hizo gracias a las costeras del bonito”, asegura Carmela López.
Juan Carlos Otero es responsable de flota en la empresa Armadores de Burela, S.A. (ABSA). Lleva décadas contratando marineros para los 64 barcos asociados. Por sus manos pasan curriculums y él cumple los sueños de quienes desean comenzar una nueva vida. “En 1999 empezamos a notar una falta de tripulantes que obligaba a los barcos a quedarse en tierra”, dice.
La contratación de mano de obra extranjera en el mar ha seguido, según sus explicaciones, varias etapas. “Empezamos a contratar pescadores de las Rías Bajas y de Portugal que venían a Lugo a trabajar. Después a peruanos, a través de una agencia especializada en extranjería, para pasar al boca a boca y a las recomendaciones de familiares y amigos. En 2005, iniciamos un nuevo proceso y, con el puerto de Celeiro como referente, Burela comenzó a contratar indonesios, alternando ambas nacionalidades hasta ahora que son más los indonesios que vienen. Esto, lo unimos a la colonia de caboverdianos, que ya estaban en los años 80 y se dedicaban al mar. Así, podemos decir que el grueso de nuestra flota lo componen caboverdianos, indonesios y peruanos”, afirma.
Los extranjeros llegan con experiencia. “Vienen con el título de marinero pescador, que canjeamos en Pesca, la titulación básica en seguridad y un reconocimiento médico internacional. Nosotros tramitamos el permiso de residencia y trabajo ante Extranjería y cuando tenemos la documentación, iniciamos el procedimiento para que embarquen”, asegura.
El proceso cuando la documentación está en regla tarda poco. En una semana pueden estar trabajando. En los barcos se juntan pescadores de muchos países diferentes. Son 400 extranjeros los que trabajan en los buques de ABSA. “Somos modélicos. Nunca hemos tenido problemas”, dice Juan Carlos Otero. Cada vez hay menos gente dispuesta a trabajar en el mar. “No por sueldos. Creo que es más por estar lejos de casa. Por eso estamos agradecidos de que vengan extranjeros porque sin ellos, que quede muy claro, no habría flota”.
Basilio Otero, presidente de la Federación Nacional de Cofradías de Pescadores, afincado en la localidad, coincide en la afirmación. “Sin la gente de Cabo Verde y sin el resto de extranjeros, Burela no sería lo mismo. No tendríamos mar, ni hostelería porque no hay hostelero ni armador en Burela que no tenga un caboverdiano en su cocina o en su barco”.
SUEÑOS CUMPLIDOS
Carlos Alberto Da Costa y Famara Ndong son pescadores. Aunque su trayectoria vital es diferente el destino les ha unido en este puerto lucense. El primero, de origen caboverdiano, nació en Galicia hace 46 años. Sus padres llegaron a Burela para trabajar en la fábrica de metalurgia Alcoa por un tiempo para volver después a sus raíces marineras. De pequeño, ayudaba en el barco familiar compaginando estudios y trabajo. Como los libros no eran lo suyo, con 20 años comenzó a pescar en las costeras del bonito, en verano, y en buques congeladores en Brasil, Canadá y Senegal. Pero su sueño era no estar mucho tiempo fuera del hogar.
Famara Ndong llegó en patera a Canarias desde Senegal. Su sueño es llegar a ser patrón de pesca algún día.
Pese a los consejos de algunos allegados, aprovechó la oportunidad para adquirir una pequeña embarcación. Hoy es patrón. Se queja del alto precio del combustible y de lo mucho que hay que pescar para saldar el préstamo del barco. Cada día duerme en casa. Allí le espera su mujer (blanca y gallega) y su hijo de ocho años, al que lleva a clases de inglés cuando el mal tiempo le impide faenar. Es uno de los muchos “afrogallegos” afincados en Burela: los africanos que nacieron, estudiaron, se casaron y formaron una familia en Galicia. Hace poco contrató a Famara Ndong, senegalés, con quien sale a pescar en busca de salmonetes, brecas, panchos, chicharros y alguna que otra merluza.
La vida de Famara ha sido un continuo deambular por nuestra geografía. Llegó en patera a Canarias en 2006 muerto de frío y miedo, sin hablar nuestro idioma y sin apenas conocer a nadie. Pagó 800 euros por un trayecto de ocho días en el que viajaba con otras 70 personas en dirección a un futuro mejor.
En Senegal trabajaba de pescador y, aunque le dolió dejar sus raíces, sabía que era la única manera de poder ayudar a los suyos. Pasó por Málaga y Huelva. Trabajó en los invernaderos de Almería antes de subir al norte para volver al mar y embarcarse en Colimbres, antes, y ahora en Burela. Con su trabajo manda dinero a su familia en África, a donde vuelve cuando puede para que sus hijos Lamine, Fatou y Adama, de 9, 5 y un año y medio respectivamente, conozcan el país donde nació. “Ahora ,como somos cinco, iremos menos frecuentemente porque el vuelo es caro”, dice.
Por ellos no quiere hacer mareas largas. Prefiere la bajura que le permite estar con su familia cada noche y los fines de semana poder ir a ver jugar al fútbol a Lamine con su equipo escolar, pasear con los pequeños y su mujer en la playa o asistir a la mezquita una vez por semana. Burela es su presente y su futuro. Un futuro con el que sueña: “Me gustaría ser patrón y tener mi propio barco -dice- pero tengo que estudiar”. Quizás algún día lo consiga.